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Capítulo 10: Órdenes sin retorno

La reunión en el cuartel continuó incluso después de que Reyes terminara el informe sobre el compuesto. Nadie se movió de la sala. Marcos abrió otra carpeta sobre la mesa mientras Dante repasaba los documentos con la misma calma fría con la que manejaba cualquier asunto del negocio. 

—También hay que revisar los cargamentos de la próxima semana —dijo Marcos entregandole una carpeta—. Hay movimiento en la frontera y no me gusta cómo se están moviendo los contactos.

Dante abrió la carpeta y revisó los documentos sin apurarse.

—¿Quién? — preguntó Dante

—Todavía no tenemos nombre. Pero están probando rutas. — respondió Marcos

—Entonces todavía no entienden dónde están. — dijo Dante

Marcos no respondió ya que no hacía falta.

La conversación en el cuartel se extendió más de lo previsto, no porque hiciera falta repetir nada sino porque cada punto abría otro, cada decisión arrastraba una consecuencia, y Dante no era de los que dejaban cabos sueltos cuando algo no terminaba de encajar del todo. Los cargamentos ocuparon más tiempo del esperado, especialmente después de que Marcos detallara los movimientos en la frontera y la posibilidad de que alguien estuviera probando rutas sin autorización, lo que obligó a revisar contactos, tiempos y márgenes de error con una precisión que no dejaba espacio para interpretaciones.

—Quiero seguimiento constante —dijo Dante en un momento, sin levantar la voz pero marcando el ritmo de la conversación—. Si alguien está entrando, quiero saberlo antes de que se convierta en un problema real.

Marcos asintió, tomando nota mental de cada indicación sin necesidad de escribir nada, y cuando el tema volvió al compuesto, Reyes dudó apenas un segundo antes de hablar.

—Hay algo más —dijo finalmente—. No es un fallo, pero tampoco es algo que hayamos previsto del todo.

Dante lo miró.

—Decilo.

—En algunos casos, incluso con dosis estándar, el vínculo se está desarrollando con más intensidad de la esperada. No hay inestabilidad, no hay síntomas detectables, pero sí hay una necesidad mayor de proximidad, una dependencia emocional más marcada.

Dante no respondió de inmediato, porque no lo necesitaba. La información no lo sorprendía, pero tampoco encajaba del todo dentro de lo que habían definido como comportamiento esperado.

—¿Es un problema? —preguntó al cabo de unos segundos.

—Por ahora no —respondió Reyes—. Mientras se mantenga funcional, incluso puede jugar a favor. Pero conviene observarlo.

Dante asintió levemente.

—Observa entonces —dijo—. Y no pierdas un solo dato.

Reyes confirmó con la cabeza y dio un paso atrás, dejando que el silencio volviera a instalarse en la sala sin que resultara incómodo, porque en ese espacio el silencio no era una pausa sino parte del proceso.

Cuando finalmente dieron por cerrada la reunión, cada uno se movió en la dirección que le correspondía sin necesidad de más indicaciones, y Dante se quedó un momento más antes de salir, no porque tuviera algo pendiente sino porque estaba pensando en cómo encajaban todas esas piezas dentro de algo que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba completamente bajo control.

Cuando regresó a la casa, la encontró en el despacho, en el sillón con el libro abierto entre las manos, aunque bastó un segundo para notar que no estaba leyendo realmente, que su atención no estaba en las páginas sino en la puerta que acababa de abrirse.

Valentina levantó la vista apenas lo vio entrar y sostuvo su mirada sin apurarse, sin disimularlo, como si ese gesto se hubiera vuelto natural en ella.

—Tardaste —dijo.

No había reproche en su voz, sólo una constatación tranquila que no buscaba respuesta.

Dante cerró la puerta detrás de él y avanzó unos pasos dentro del despacho.

—Tenía cosas que resolver.

Valentina asintió despacio, como si eso fuera suficiente, y dejó el libro a un lado sin apartar los ojos de él.

—Ya sé.

La distancia entre ellos no duró demasiado. Dante terminó de cruzar el espacio que los separaba sin apurarse, deteniéndose frente a ella mientras Valentina lo observaba con esa misma atención constante que había mantenido durante todo el día, sin dudas, sin reservas, como si en algún punto hubiera dejado de cuestionarse lo que sentía para simplemente aceptarlo.

—¿Y qué hiciste mientras tanto? —preguntó él.

Valentina ladeó apenas la cabeza, considerando la respuesta.

—Esperarte.

Dante la sostuvo con la mirada un segundo más, evaluando algo que no terminaba de definir, antes de apoyar una mano en el respaldo del sillón, lo suficientemente cerca como para acortar la distancia sin invadirla del todo.

—No tenías que hacerlo.

Valentina negó suavemente.

—Quería.

Y ahí estaba el problema.

No en la respuesta, sino en la forma en que la decía, en la facilidad con la que parecía asumir algo que, en teoría, había sido inducido, pero que en la práctica no se sentía así.

Dante no dijo nada más. No hacía falta. Se quedó ahí un momento más, observándola, como si buscara encontrar la línea exacta donde terminaba el efecto del compuesto y empezaba algo que no había previsto, y por primera vez desde que había puesto ese plan en marcha, no tuvo una respuesta clara.

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