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Capítulo 7: Lo que se ordena en silencio

La llamada de Marcos llegó a las diez de la mañana mientras Dante revisaba contratos en su oficina de Ferreira Group.

Valentina estaba en el sillón frente a su escritorio con el teléfono en la mano, y cuando él contestó ella levantó la vista con esa atención nueva que había desarrollado hacia todo lo que tuviera que ver con él.

—Tenemos un problema con los Velarde —dijo Marcos sin preámbulo. —Interceptaron uno de nuestros cargamentos. No fue un accidente, fue un mensaje. Todo el material perdido, doce hombres detenidos, dos heridos. Dejaron una nota escrita a mano con tu nombre.

Dante no cambió de expresión. —Localizá a Velarde hijo. No al padre, al hijo. —Una pausa breve. —Y decile a Reyes que esta tarde lo paso a ver al cuartel.

—¿Qué hacemos con los doce?

—Lo que se hace siempre. —Colgó.

Valentina lo miraba desde el sillón.

—¿Fue algo grave? —preguntó.

—Nada que no tenga solución.

Ella asintió despacio y volvió al teléfono, pero sus ojos volvieron a él una vez más antes de bajar la vista, y Dante siguió con los contratos como si la llamada hubiera sido sobre cualquier otra cosa.

Al mediodía volvieron a la mansión. Almorzaron en la terraza con el sol de la tarde encima y esa facilidad nueva que ninguno de los dos nombraba, y cuando terminaron Dante se levantó y tomó el saco del respaldo de la silla.

—Tengo que ir al cuartel. Vuelvo en un par de horas.

Valentina lo miró. —¿Puedo ir?

—Hoy no. —Se acercó, le rozó la mandíbula con los nudillos, y salió antes de que ella pudiera responder.

Reyes lo esperaba en el laboratorio con esa expresión suya de cuando tenía información que no sabía cómo iba a ser recibida.

—Hay algo nuevo sobre el compuesto —arrancó, directo. —Algo que no estaba en las pruebas originales. Las personas bajo el efecto completo, cuando están en estado de reposo profundo — durmiendo o en distensión muy alta — son receptivas a instrucciones verbales directas de la persona designada. Instrucciones simples, dadas en voz baja. No las recuerdan conscientemente después, pero las ejecutan.

Dante lo miró. —¿Confiabilidad?

—Sobre el ochenta por ciento en los casos documentados. Comportamientos simples, naturales. Nada que vaya contra un instinto muy arraigado.

—Entendido. —Se puso de pie y salió.

Cuando llegó a la mansión la casa estaba en silencio.

Fue a la biblioteca y encontró a Valentina recostada en el sillón con el libro cerrado sobre el regazo y los ojos cerrados, la respiración pareja, en ese estado intermedio entre el sueño y la vigilia. La luz de la tarde le cruzaba el cabello rubio tirando a castaño y tenía las manos cruzadas sobre el libro con una tranquilidad que Dante se quedó mirando un momento antes de acercarse.

Se arrodilló junto al sillón hasta quedar a la altura de su cara y acercó la boca a su oído.

—Valentina. —Su voz era apenas un hilo de sonido. —Esta noche vas a venir a buscarme. Me vas a decir que me extrañabas, que me necesitabas, y me vas a pedir que te haga el amor.

Ella no se movió. La respiración no cambió.

Dante se incorporó y salió sin hacer ruido.

A las diez de la noche escuchó pasos en el pasillo.

Lentos, casi dudosos, deteniéndose frente a su puerta. Un momento de silencio y luego el sonido de la manija girando.

Valentina entró en la oscuridad y cruzó el cuarto despacio hasta quedarse al lado de su cama. Dante estaba despierto pero no se movió, esperando.

—¿Qué hacés? —preguntó.

Ella tardó un momento en responder, con los brazos cruzados sobre el pecho y algo en su voz que no era de siempre.

—Te extrañaba —dijo. —Y te necesitaba. —Una pausa breve, más corta que un segundo. —Quiero que me hagas el amor, como lo hiciste la otra noche.

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