Marcos recogió los documentos firmados con un respeto que ya no intentaba disimular. El papel todavía conservaba el olor fresco de la tinta. Miró a Valentina, que de inmediato se recostó en la silla, exhalando un aire tibio que denotaba el cansancio acumulado. Tenía las manos apoyadas sutilmente sobre su regazo, en un gesto involuntario de protección que el ejecutor ya había aprendido a identificar.
—Es la primera vez que veo a alguien cruzar esos dos archivos sin llamar a los abogados de la ju