El lobby del piso veinticuatro tenía el mismo silencio de siempre.
Solo que esta vez Valentina salió del ascensor sola.
Camila la esperaba junto a la puerta de la oficina principal con la tablet en la mano y una expresión que mezcla alivio con algo más difícil de nombrar — la expresión de alguien que llevaba días sosteniendo una estructura que empezaba a temblar y que acaba de ver llegar a la persona que puede estabilizarla.
—Buenos días —dijo Valentina.
—Buenos días, señora Ferreira. —Camila n