Marcos apareció en la puerta de la habitación a las seis de la mañana con una carpeta bajo el brazo.
Dante estaba en cama. Había salido de cirugía cuatro horas antes — vivo, estable, con el pronóstico que había pasado de reservado a cauteloso, que era una diferencia pequeña pero que importaba. Sedado, con monitores, con el lado derecho de la cabeza vendado y ese silencio específico de las personas que respiran pero no están presentes.
Valentina llevaba toda la noche en la silla junto a la cama.