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Capítulo 3: Lo que una mujer le enseñó

Valentina bajó a las ocho y media. Afianzó los dedos en el pasamanos, conteniendo una pequeña mueca al sentir la rigidez en los muslos y la espalda con cada escalón. Llegó a la cocina con la postura recta y la expresión imperturbable de quien no piensa dar explicaciones.

Eso era Valentina: podía estar cayéndose a pedazos por dentro y el mundo nunca lo sabría a menos que ella lo decidiera.

Dante estaba de pie junto a la cafetera con el teléfono pegado a la oreja. Cortó la llamada en cuanto la escuchó entrar. Ella lo miró y sonrió, una sonrisa distinta a la de siempre, despojada del habitual borde irónico. Se acercó, abrió el armario y sacó su taza. En lugar de alejarse, se quedó a su lado esperando a que la cafetera terminara de gotear.

Dante le sirvió el café sin que se lo pidiera. Valentina tomó la taza y sus dedos rozaron los de él; esta vez no apartó la mano. Se quedó allí un instante, a pocos centímetros, y una sombra cruzó veloz por sus facciones. Una fracción de segundo en la que su mirada se volvió distante, como si una pregunta urgente hubiera intentado aflorar para luego disiparse antes de cobrar forma.

—¿Estás bien? —preguntó Dante.

—Sí. —Lo miró directamente—. ¿Por qué?

—Por nada.

Valentina bajó la vista al líquido oscuro. El pensamiento difuso terminó de evaporarse y no hizo ningún esfuerzo por retenerlo.

—¿Tenés reuniones hoy?

—Sí. —El teléfono vibró sobre la isla de la cocina. Dante le echó un vistazo—. Camila. Un segundo. —Atendió con voz firme—: Decile a Rossini que la reunión del jueves no se mueve. Si no puede, que mande a alguien con poder de decisión real.

Colgó y volvió a fijar la atención en ella.

—¿Puedo ir? —preguntó Valentina.

—Hoy no.

Ella asintió y tomó un sorbo de café sin insistir. Dante la observó un segundo más de lo necesario antes de subir a prepararse.

Esa mañana en la empresa, Dante resolvió dos reuniones sin contratiempos y completó una videoconferencia con Milán que se extendió más de lo previsto. Entre un compromiso y otro, el teléfono registró una llamada perdida de un número desconocido, sin mensaje. Lo guardó en el bolsillo y continuó con su agenda.

A las doce, el mismo número volvió a marcar. Esta vez Dante contestó, pero del otro lado solo hubo silencio hasta que la llamada se cortó. Guardó el teléfono despacio y le indicó a Camila que cancelara todos los compromisos de la tarde.

Marcos lo llamó mientras subía al auto.

—Novedades del cargamento de Nápoles. Los Velarde movieron material por nuestra ruta. Tercera vez este mes.

—¿Interceptaron?

—No llegamos, pero tenemos la ubicación del punto de descarga.

—Esta noche entonces, antes de que muevan el material —ordenó Dante, haciéndole una seña al chofer—. Y mandá un mensaje al viejo Velarde. Sin nombres, sin amenazas. Solo que sepa que lo estamos viendo.

Al cortar, sostuvo el teléfono entre las manos. Sabía cómo funcionaban esas llamadas anónimas: era la táctica de alguien que busca hacerse notar antes de mostrar sus cartas. Un juego de desgaste.

Pensó en Isabel mientras el auto avanzaba por la ciudad. Dos años. Isabel tenía el cabello oscuro y una risa capaz de llenar cualquier habitación. Lo había mirado esa primera noche como si fuera la persona más importante del lugar, y él había cometido el error de creer que esa mirada implicaba algo permanente. Dos años de bajar la guardia por completo, de convencerse de que alguien lo elegía por lo que era y no por lo que poseía o representaba. Al final, todo se redujo a un mensaje de texto: No puedo ser parte de esto. Lo siento. No me busques.

Cuarenta y ocho horas para asimilar la lección; años para convertirla en una disciplina inquebrantable.

No había vuelto a bajar la guardia con nadie. Hasta que Valentina llegó por contrato y comenzó a habitar sus pasillos, sus silencios y, esa misma mañana, a bajar las escaleras aferrándose al pasamanos por lo que ambos habían compartido la noche anterior. Sin drama, sin discursos. Y sin embargo, era lo más cerca que alguien había estado de hacerlo sentir algo que aún no tenía nombre y que jamás había figurado en sus planes.

Una llamada anónima no era una coincidencia. Era un aviso. Y en su mundo, los avisos siempre precedían a la tormenta.

Le indicó al chofer que acelerara y guardó el teléfono. Pensar demasiado en lo que no podía controlar era el primer paso para perder el dominio sobre lo que sí controlaba.

Valentina lo esperaba en la biblioteca. Sostenía un libro en el regazo, aunque no estaba leyendo. Al ver a Dante en el umbral, dejó el volumen sobre el sillón y fue a su encuentro. Se puso de pie y le depositó un beso pausado en la mejilla, rozando la comisura de sus labios.

Dante se mantuvo inmóvil, observándola.

—¿Cómo estuvo? —preguntó ella.

—Bien.

—¿Y vos?

—Mejor ahora. —Le tomó la mano y lo guió hacia el interior de la habitación.

Se sentaron juntos. Valentina lo miraba con una atención quieta, despojada de cualquier matiz evaluativo, como si la distancia entre los dos hubiera dejado de ser una necesidad. Se inclinó y apoyó una mano en su rodilla.

—Esta noche tenés algo que hacer, ¿no?

—Sí.

—¿Volvés tarde?

—Antes de la una.

Valentina asintió en silencio. Dante la miró un momento, pensando que había sombras en esa cercanía que el compuesto no había previsto, pero que estaban ahí de todos modos.

Se levantó.

—Tengo que trabajar un rato.

Ella volvió a tomar el libro.

En el despacho, con la puerta cerrada y las luces a media potencia, el teléfono vibró sobre el escritorio. Esta vez era un mensaje del número desconocido. Dante lo abrió y leyó las tres palabras en la pantalla.

Lo guardó en el bolsillo, se recostó en el sillón y fijó la vista en el techo durante un tiempo indefinido. Luego abrió la laptop e intentó retomar el trabajo con su temple habitual, pero el ambiente se sentía distinto. Quienquiera que hubiese enviado esa nota conocía con precisión quirúrgica dónde golpear.

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