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Capítulo 2: Lo que firmaron sus padres

Valentina llevó la copa a sus labios y se detuvo apenas un segundo, había algo en el aroma, algo leve, difícil de ubicar, que no terminaba de encajar del todo, pero no le dio importancia, era vino caro, probablemente eso explicaba todo. Bebió.

Dante no apartó los ojos de ella mientras lo hacía.

No era la primera vez que la observaba así, pero esa noche había algo distinto en la forma en que la sostenía con la mirada, como si estuviera midiendo algo que todavía no terminaba de entender.

Valentina dejó la copa sobre la mesa y permaneció quieta un instante más de lo normal. No era incomodidad, no todavía. Era una sensación leve, como un pensamiento que no terminaba de formarse y se perdía antes de tener nombre.

Parpadeó y siguió.

—Dijiste que ibas a darme el divorcio. Estoy acá cumpliendo mi parte. ¿Y la tuya?

Dante no respondió de inmediato. La observó un segundo más de lo habitual. 

—Te hice una pregunta antes y no me la respondiste bien.

—¿Cuál?

—Qué necesitarías para quedarte.

Valentina exhaló despacio. No era una pregunta nueva, pero ahora tenía otro peso. Algo más incómodo, menos controlable. Valentina sostuvo el silencio un segundo más de lo necesario, no porque no supiera qué decir, sino porque la respuesta correcta no encajaba con la forma en la que había venido a esa cena.

—Llevamos cuatro años casados… y puedo contar con los dedos de una mano las veces que me preguntaste algo personal.

—Te estoy preguntando ahora.

No había urgencia en su voz. Solo certeza. Y eso fue lo que la descoloco un poco.

—Ahora que traje el divorcio encima de tu escritorio.

—Sí. Ahora.

Dante no apartó la mirada.

Valentina lo sostuvo un segundo más de lo habitual, buscando el mismo patrón de siempre, la misma frialdad calculada, pero algo en él no terminaba de encajar del todo esta vez.

—¿Qué necesitarías?

—A vos —dijo ella.

—Te necesitaría a vos como un verdadero esposo, porque me enamoré de vos el primer año de este matrimonio y vos nunca lo viste, y yo aprendí a vivir con eso, pero no puedo seguir en la misma casa que alguien que ni siquiera...

Se calló.

Miró la copa. Luego lo miró a él.

Dante tomó la botella, llenó su copa despacio y levantó la suya.

—Entonces brindemos. Tenés mi palabra de que pronto todo lo que querés se va a hacer realidad.

Valentina brindó.

Lo que ninguno de los dos sabía era que esa noche habían jugado la misma carta sin saberlo: él con el compuesto en su vino, ella con el afrodisíaco en su comida y copa. Dos personas convencidas de llevar ventaja, sin saber que el piso bajo ellos se movía en la misma dirección.

Dante notó los efectos antes de poder nombrarlos.

No era el vino. Era ella.

La forma en que hablaba. La forma en que lo miraba. La frase que había quedado suspendida en el aire — ese me enamoré de vos el primer año — seguía ahí, sin que él pudiera borrarla.

Había calculado cada parte de esa noche con precisión, y aun así había algo que no encajaba en ningún cálculo.

Siempre había sido ella.

Desde la primera vez que entró a una sala y lo miró como si estuviera evaluando si valía su tiempo. Desde que empezó a entrar a su despacho sin llamar, como si ese espacio también le perteneciera. Desde que dejó de intentar construir distancia, y él entendió demasiado tarde lo que eso significaba.

No iba a dejarla irse.

Eso no estaba en discusión.

Para Dante no había diferencia entre querer algo y conseguirlo. Solo había pasos, y él ya los tenía calculados.

—El contrato entre nuestros padres —dijo ella, mirando la copa—. ¿Alguna vez pensaste que podría haber sido otra cosa?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Desde el principio.

Valentina lo estudió buscando el cálculo de siempre, y encontró algo distinto. No mucho. Apenas lo suficiente para quedarse en silencio.

—¿Por qué nunca lo dijiste?

—Vos tampoco lo dijiste.

Bajó la vista a la copa y no respondió.

Las velas se consumieron hasta la mitad. La botella quedó vacía. Y en algún momento Valentina se dio cuenta de que hacía rato que no pensaba en el divorcio.

Se levantó, rodeó la mesa, se sentó a su lado y tomó su mano sobre la mesa.

—Acordate del trato —dijo.

—Me acuerdo —respondió él.

Valentina lo besó y Dante quien ya estaba sintiendo los  efectos del afrodisiaco sin saberlo correspondió el beso con pasión y puso las manos en su cintura para luego cargarla y subir las escaleras sin dejar de besarla.

Una vez en la habitación Dante la llevó hacia la cama sin dejar de besarla y comenzó a quitarle lentamente la ropa, mientras ella también le quitaba la ropa y seguía acariciando cada parte de su cuerpo a medida que le quitaba la ropa. 

Una vez que ambos estaban completamente desnduos, Dante comenzó a masajear la parte intima de Valentina haciendo que ella soltara gemidos de placer.

— Ahh sii Dante maas, ahhh — Decia Valentina entre gemidos

Cuando Dante la sintió lo suficientemente húmeda se posicionó entre medio de sus piernas y comenzó a ingresar lentamente en ella mientras besaba su rostro y boca para distraerla del dolor, una vez estuvo completamente adentro se quedó quieto un momento para que ella se acostumbrara.

— Me quedare quieto hasta que tu me digas — Le dijo Dante 

Al cabo de unos minutos Valentina comenzó a moverse como señal de que ya estaba lista y Dante comenzó con movimientos lentos al principio para luego aumentar las embestidas, la habitación se llenó de los gemidos de ambos.

— Ahh valentina eres deliciosa, se siente tan bien estar dentro tuyo — Le dijo Dante entre gemidos.

Ambos continuaron dándose placer mutuamente durante prácticamente toda la noche, hasta que a la madrugada ambos cayeron agotados en la cama, Valentina estaba recostada en el pecho de Dante y él la tenía abrazada sin soltarla mientras la miraba a los ojos.

Mucho después Valentina estaba recostada contra su pecho con la respiración ya dormida y Dante se quedó despierto pensando en porque había actuado de esa manera.

Ninguno de los dos sabía lo que el otro le había puesto esa noche. Los dos habían jugado la misma carta sin saberlo y habían terminado exactamente en el mismo lugar.

Dante sacó el teléfono y escribió: Funcionó. Prepárate para la segunda dosis.

El plan había salido exactamente como lo había diseñado. 

O eso creía.

Lo que Dante no sabía era que esa noche no había sido el único que jugó sus cartas. Y que la mujer dormida contra su pecho era considerablemente más peligrosa de lo que cualquier compuesto podía fabricar.

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