Elena tardó tres días en mandar el mensaje.
Mateo no preguntó. No mandó nada en esos tres días, ningún mensaje de seguimiento, ninguna pregunta disfrazada de otra cosa. Esperó, que era lo más difícil y lo único que tenía sentido hacer.
El mensaje llegó un miércoles a la noche.
¿Podemos vernos mañana?
Mateo respondió con una hora y un lugar y dejó el teléfono boca abajo.
Al día siguiente Elena llegó al restaurante con esa puntualidad de siempre y se sentó frente a él sin rodeos.
—Decidí seguir —d