Mateo llegó al restaurante diez minutos antes.
Tenía la costumbre de controlar el espacio antes de que la otra persona apareciera; algo aprendido de Dante sin necesidad de palabras.
Elena llegó puntual. Se sentó frente a él en silencio, sin pedir el café que siempre reclamaba antes de acomodarse.
—Hablé con mi padre ayer —dijo, directa.
Mateo esperó.
—Sabe que nos vemos. Tiene a alguien siguiéndome, aunque él lo llama cuidar. —Elena sostuvo la mirada. —Me dijo que hay algo detrás de los Ferreira