Valentina nunca había preguntado por el cuartel.
Sabía que existía — había crecido en este mundo, sabía que los hombres como Dante no operaban desde un despacho en una casa residencial — pero en cuatro años nunca había preguntado dónde, nunca había pedido ver, nunca había empujado más allá de lo que él le mostraba voluntariamente.
Esa mañana Dante apareció en el umbral de la habitación mientras ella todavía estaba terminando de vestirse y dijo: —Venís conmigo hoy.
No fue una pregunta.
Valentina