Fueron las dos de la mañana cuando Valentina se despertó con algo que no era una pesadilla.
Se quedó quieta un momento, evaluando. El dolor llegó otra vez, más claro esta vez, con esa regularidad que no dejaba lugar a interpretaciones. No era la incomodidad habitual del embarazo avanzado ni la tensión de práctica que había tenido en las últimas semanas.
Era otra cosa.
Se giró hacia Dante.
—Dante.
Él abrió los ojos de inmediato.
—¿Qué pasó?
—Creo que es ahora.
Dante se incorporó en la cama y la