La tercera semana después del rescate, Valentina tuvo la peor pesadilla de todas.
No fue el galpón esta vez. Fue algo peor, más difuso y más cruel que la memoria directa del cautiverio. Fue el galpón pero con Dante que no llegaba, con la puerta secundaria que no se abría, con el hombre de la cicatriz que no se corrió sino que la miró y no hizo nada. Fue el bebé moviéndose adentro mientras ella empujaba la puerta que no cedía y las voces de los hombres de Sorokin acercándose por el pasillo.
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