Esa noche, ya en la cama, Valentina no podía dormir.
No era miedo exactamente. El cuerpo todavía tenía esa hiperalerta residual de tres días en cautiverio, esa sensación de que el cerebro no terminaba de creer que el peligro había pasado, aunque la cabeza supiera perfectamente que estaba en su propia cama, en su propia casa, con Dante a su lado.
Se quedó mirando el techo.
Dante se movió detrás de ella.
—¿No podés dormir? —preguntó, la voz todavía ronca de sueño.
—No del todo.
Él se acomodó, apo