Cuando Liam salió del edificio, todavía con el ceño fruncido por todo el caos del día, encontró a Amara esperándolo en la acera. Ella estaba allí, de pie, con los hombros tensos y las manos entrelazadas como si temiera romperse.
—¿Me crees, Liam? —preguntó con la voz temblorosa—. No soy culpable.
Él la miró largamente, con ese silencio que podía destruirla o salvarla. Al final, asintió.
Ese pequeño gesto fue suficiente para que Amara sintiera cómo una chispa de esperanza prendía dentro de su pec