Amara sintió que el corazón se le deshacía dentro del pecho.
—¡Liam va a venir, él no me va a hacer esto! —dijo, aunque su voz tembló apenas—. Voy a esperar adentro.
Entró con paso inestable, como si cada ladrillo del suelo pudiera quebrarse bajo su peso.
Su padre, al verla tan frágil, tomó suavemente su brazo y la acompañó al interior de la capilla. Allí el aire era frío, silencioso, cargado de incienso y flores blancas que parecían mirarla con una compasión muda.
Amara tomó asiento en la prime