Amara sintió que el corazón se le deshacía dentro del pecho.
—¡Liam va a venir, él no me va a hacer esto! —dijo, aunque su voz tembló apenas—. Voy a esperar adentro.
Entró con paso inestable, como si cada ladrillo del suelo pudiera quebrarse bajo su peso.
Su padre, al verla tan frágil, tomó suavemente su brazo y la acompañó al interior de la capilla. Allí el aire era frío, silencioso, cargado de incienso y flores blancas que parecían mirarla con una compasión muda.
Amara tomó asiento en la primera banca, sintiendo cómo sus manos sudaban. Su madre se acercó con un vaso de agua, le acarició la mejilla con una ternura mezclada con miedo.
—Hija, respira —susurró.
Luego la dejaron un momento sola, con el eco de sus propios pensamientos rebotando en las paredes.
Afuera, Glory caminaba de un lado a otro con el corazón en la garganta. Connor intentó alcanzarla varias veces hasta que ella se detuvo frente a él, desesperada.
—¿Y si no viene? —exclamó, luchando contra las lágrimas—. ¿Si esta es