Amara salió del probador con el corazón todavía acelerado por los ajustes finales del vestido. La seda blanca caía en ondas suaves, y el velo brillaba con destellos cristalinos bajo la luz de la boutique. Afuera, estacionado frente a la entrada, el auto de novia esperaba impecable, decorado con flores y listones perlados que bailaban suavemente con la brisa.
Lo miró durante un largo instante. Algo en su interior hizo clic: una idea atrevida, algo que le decía que era perfecto para cerrar el círculo de una vez por todas, arriesgada, pero necesaria.
Sus ojos buscaron al hombre que estaba a su lado.
—Padrino… —murmuró, con esa mezcla de dulzura y firmeza que solo ella sabía usar—. ¿Podrías ayudarme con algo?
Travis la observó con atención. Él conocía muy bien ese tono.
Era la voz de Amara cuando tomaba una decisión importante, una que no cambiaría por nada del mundo. Sin dudarlo ni un segundo, asintió.
—Claro que sí, hija —respondió, ofreciéndole su brazo con toda la solemnidad de un pad