—¡Aléjate de mí, Travis! —gritó Sídney con una mezcla de rabia y dolor—. Si me quieres de nuevo en tu cama, primero arrástrate como un gusano.
Sus palabras retumbaron en la habitación como un disparo. Travis la miró con furia contenida, los músculos tensos, el orgullo herido y la respiración agitada.
Quiso responderle, pero el nudo en su garganta lo ahogó.
Ella, con una calma que era puro veneno, se levantó despacio, tomando una bata de seda oscura que descansaba sobre el sofá.
Se la colocó con