Liam debía volver. Aquella noche lo sabía con una claridad que le caló los huesos. Sin embargo, al llegar a su departamento, el sueño de encontrar respuestas se quebró, apenas vio la notificación en su computadora. Era un correo. De ella. De Amara.
Por un instante, su respiración se detuvo.
Con manos temblorosas, abrió el mensaje.
La imagen apareció primero: el ultrasonido más reciente de su bebé. Una silueta diminuta, frágil, pero llena de vida. Un pequeño ser que crecía día a día dentro de la mujer que aún amaba con desesperación.
Y entonces leyó:
“Liam, nuestra hija crece, sana y salva, cada vez se mueve más y me es tan difícil dormir toda la noche. Parece que será inquieta. Como si quisiera correr, pero dentro de mí solo puede dar pataditas.
Quiero que vengas al parto. Es tu derecho estar en el nacimiento de nuestra hija. Te extraño… y deseo que estés bien y en paz.
—Amara.”
Liam se quedó inmóvil. Leyó el mensaje una vez… luego otra… y otra más.
Cada palabra le golpeaba distint