Cuando Amara abrió los ojos, la luz blanca del hospital la cegó por un momento.
El aire olía a desinfectante, y el pitido rítmico de una máquina marcaba el compás de su respiración.
Intentó incorporarse, pero el dolor en el costado la obligó a quedarse quieta.
Entonces lo vio.
A unos metros, en el sillón de la esquina, Liam estaba sentado, con el rostro cansado y las manos entrelazadas.
Llevaba la misma expresión que recordaba, esa mezcla de frialdad y nobleza que siempre la desarmaba.
Por un instante creyó que era un sueño, una alucinación más provocada por los analgésicos. Pero no… era él.
Su voz, cuando lo llamó, tembló como si saliera de muy lejos.
—¿Liam?... ¿Eres tú?
Él levantó la mirada lentamente. Su expresión no mostraba sorpresa, sino algo más duro, contenido, como si el simple hecho de verla le costara.
—Te encontré en la carretera —dijo con voz grave—. Estabas herida. El doctor dice que fue leve, tuviste suerte de que yo pasara por ahí.
Amara se llevó una mano al pecho, con