Cuando Amara abrió los ojos, la luz blanca del hospital la cegó por un momento.
El aire olía a desinfectante, y el pitido rítmico de una máquina marcaba el compás de su respiración.
Intentó incorporarse, pero el dolor en el costado la obligó a quedarse quieta.
Entonces lo vio.
A unos metros, en el sillón de la esquina, Liam estaba sentado, con el rostro cansado y las manos entrelazadas.
Llevaba la misma expresión que recordaba, esa mezcla de frialdad y nobleza que siempre la desarmaba.
Por un in