El gran salón del hotel Imperial relucía como un templo de cristal y oro.
Candelabros majestuosos colgaban del techo alto, reflejando su luz en los copones de vino y las joyas de las mujeres más influyentes de la ciudad.
El aroma de perfumes caros flotaba en el aire, mezclado con el sonido de las copas brindando y el murmullo constante de las conversaciones.
Era la noche de gala del año: la celebración del aniversario de la empresa Loera, una reunión en la que se daban cita empresarios, políticos y magnates, todos ansiosos de exhibir poder, fortuna y belleza.
Entre ellos, destacaba el señor Ronald Rezza, impecablemente vestido con un traje azul medianoche y una sonrisa falsa que irradiaba vanidad.
A su lado, Hannah, su nueva y deslumbrante acompañante, una mujer joven, de piel tersa y sonrisa ensayada. Él no podía ocultar el orgullo que sentía al exhibirla.
—Señor Rezza —le dijo un colega con una copa en la mano—, me sorprende no ver esta noche a la señora Amara. ¿Acaso hay… problema