Sídney despertó lentamente, con la sensación de estar atrapada entre la realidad y un sueño que no terminaba de desvanecerse.
La habitación estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue que se filtraba desde la ventana.
Su respiración era tranquila, aunque el corazón, inquieto, le recordaba que no estaba sola.
Sintió una presencia. El aire cambió. Un leve roce, como un suspiro, rozó su mejilla.
Abrió los ojos.
Frente a ella, un hombre la observaba con una calma que la estremeció.
No podía verle el rostro del todo; llevaba una máscara blanca, simple pero elegante, que ocultaba su identidad. Solo sus ojos —oscuros, intensos, fijos en ella— la mantenían prisionera de su mirada.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz temblorosa, apenas un murmullo.
El hombre dio un paso hacia ella.
Su presencia imponía, pero su gesto fue tan suave que le robó el miedo.
—Soy tu guardián —dijo con una voz profunda, algo ronca, como si intentara disfrazarla—. Estoy aquí para protegerte.
Sídney quiso in