Sídney despertó lentamente, con la sensación de estar atrapada entre la realidad y un sueño que no terminaba de desvanecerse.
La habitación estaba casi a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue que se filtraba desde la ventana.
Su respiración era tranquila, aunque el corazón, inquieto, le recordaba que no estaba sola.
Sintió una presencia. El aire cambió. Un leve roce, como un suspiro, rozó su mejilla.
Abrió los ojos.
Frente a ella, un hombre la observaba con una calma que la estremeció.
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