Las copas tintinearon suavemente cuando Sídney y Glory brindaron.
La noche avanzaba entre risas, música y luces doradas que se reflejaban en los cristales del bar.
Sídney bebió un sorbo de su copa, sintiendo el sabor afrutado y suave del vino deslizarse por su garganta.
Glory hizo lo mismo, riendo mientras los demás le cantaban una nueva ronda de cumpleaños.
Todo parecía perfecto. Demasiado perfecto.
Los minutos pasaron y el calor del ambiente empezó a envolver a Sídney.
Sintió una ligera presión en la sien, algo casi imperceptible.
Pensó que era el cansancio.
Se levantó con delicadeza.
—Voy al baño —anunció.
Lucía la observó desde lejos.
Dejó su copa sobre la barra, tomó su bolso y la siguió.
Apenas Sídney entró al pasillo, Lucía aceleró el paso y la alcanzó.
Su voz, susurrante y urgente, rompió el silencio.
—Señora… venga conmigo, por favor. Hay un problema grave.
Sídney se detuvo en seco.
Su expresión cambió al instante. El miedo le atravesó el pecho.
—¿Qué pasa? —preguntó, alarmada