Sídney revisó una y otra vez las cámaras de seguridad, adelantando, retrocediendo, pausando. La imagen era borrosa, casi irreal.
Ese hombre —su salvador— llevaba una gabardina de cuero oscuro que se movía con el viento como si fuera parte de su sombra.
El rostro lo cubría una máscara blanca, pulcra, sin rasgos, solo una superficie lisa con una delgada tela negra en el área de los ojos.
Esa franja impedía ver cualquier atisbo de mirada, cualquier señal que delatara su identidad.
Su estatura era parecida a la de Travis… o a la de Orlando.
Pero no podía estar segura. El misterio era absoluto.
—¿Quién eres, hombre misterioso? —susurró, con la voz temblorosa entre la curiosidad y la gratitud—. ¿Por qué me salvaste?
El hombre no respondió. Solo la miró, o eso creyó ella.
Luego subió al auto y desapareció, como un fantasma. Lo dejó a unas cuadras, sin decir palabra.
Sídney se quedó quieta frente a las pantallas, observando cómo la figura se desvanecía entre luces y sombras. Un suspiro cansado