Amara estaba sentada en el consultorio médico, con las manos apoyadas sobre su vientre que crecía firme y redondo. No estaba sola. A su lado, su madre, Glory, le apretaba los dedos con ese cariño protector que solo una madre sabe transmitir.
Del otro lado estaba Sidney, paciente, atenta, dispuesta a sostenerla si la noticia era dura, o a llorar con ella si era buena.
El médico revisaba la pantalla con gesto concentrado. Ese silencio previo siempre tensaba a Amara; sentía que su corazón golpeaba fuerte, como si quisiera huir de su pecho.
Finalmente, él habló:
—Amara, tu presión arterial se ha estabilizado. Y tu bebé está en perfecto estado.
Ella soltó el aire que llevaba conteniendo desde hacía minutos. Le temblaron los hombros, casi rompiéndose en llanto al instante.
—Ya casi tienes treinta y dos semanas —continuó el doctor—. Es una etapa delicada. Ahora, más que nunca, cuídate. Nada de estrés innecesario, nada de sobresaltos. Nos vemos en dos semanas.
Glory sonrió con los ojos brillan