Amara estaba sentada en el consultorio médico, con las manos apoyadas sobre su vientre que crecía firme y redondo. No estaba sola. A su lado, su madre, Glory, le apretaba los dedos con ese cariño protector que solo una madre sabe transmitir.
Del otro lado estaba Sidney, paciente, atenta, dispuesta a sostenerla si la noticia era dura, o a llorar con ella si era buena.
El médico revisaba la pantalla con gesto concentrado. Ese silencio previo siempre tensaba a Amara; sentía que su corazón golpeaba