Una semana después
Había pasado una semana desde aquel día en que todo parecía derrumbarse.
Sídney regresó a la fundación con una nueva determinación: proteger lo que más amaba.
Había reforzado la seguridad del lugar, cada acceso estaba vigilado, cada rincón revisado. No confiaba en nadie más que en sí misma.
Sus hijos estaban con ella la mayor parte del tiempo; incluso el mayor estudiaba dentro del mismo complejo, bajo su supervisión. Eso le daba un respiro, una sensación de control que no había sentido en meses.
Como Australia, Evans, por su parte, había dejado claro que no pensaba aceptar las condiciones del señor Arriaga.
Propuso algo diferente, una alianza que beneficiara a las tres partes sin comprometer los valores de nadie.
Todos aceptaron eso y eso mejoró las relaciones empresariales.
Esa mañana, Sídney llegó temprano a la oficina.
El sol apenas se filtraba por los ventanales cuando notó algo que la hizo detenerse en seco.
Sobre su escritorio, entre documentos y carpetas, ha