Liam enloqueció. No había otra palabra para describir lo que le ocurrió en cuanto terminó de leer la nota de Amara y descubrió su ropa desaparecida, su perfume esfumado, su presencia arrancada de la mansión como si jamás hubiera pertenecido ahí.
Su corazón se sacudió con violencia, impulsándolo a correr sin pensar. Tomó las llaves y salió prácticamente derribando la puerta.
Condujo primero hasta la otra casa, aquella que compartieron en los primeros meses de matrimonio.
Entró sin tocar, revisó cada habitación, cada rincón. Nada. El silencio de la casa lo golpeó como una bofetada. Luego, casi sin aire, manejó hacia el departamento de Amara. Subió las escaleras, dos peldaños a la vez, abrió la puerta con la copia de llaves que aún conservaba.
Otra vez, un vacío helado. Era como si ella hubiera borrado su presencia del mundo entero.
Liam comenzó a llamarla. Una vez. Dos veces. Diez veces. La desesperación le hacía temblar las manos. En la octava llamada, el tono cambió: la línea fue resp