“¿Cómo sé que es mi hijo y no una mentira más? ¿Cómo puedo fiarme de una mujer infiel? No vale la pena, no después de todo lo que hizo. No puedo romper mi promesa a Stelle… ella es diferente, ella sí merece mi lealtad.”
Andrew pensó aquello mientras seguía sintiendo el eco de las palabras de Beatriz, resonando en su cabeza como un veneno lento.
Le dolía admitirlo, pero ya no confiaba en ella; se había convertido en una sombra, en una amenaza que aparecía solo para confundirlo y manipularlo. Y él estaba cansado.
La puerta del baño se abrió suavemente. El sonido fue apenas un susurro, pero bastó para arrancarlo de sus pensamientos.
Stelle salió envuelta en una bata de satén que abrazaba su figura con una delicadeza casi celestial. Su cabello aún húmedo caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos buscaban a Andrew con una mezcla de timidez y deseo.
—Andrew… yo… —su voz era un hilo tenue, como si temiera romper algo sagrado entre ellos.
Él se levantó despacio, sin apartar la mirada.