El pasillo del hospital estaba casi en silencio, solo roto por el murmullo distante de enfermeras y el retumbar apagado de un carrito metálico en movimiento. Sin embargo, aquel silencio frágil se quebró en cuanto la voz de Liam se elevó, cargada de incredulidad y un dolor que apenas sabía disimular.
—¡Padre! ¿De verdad? ¿La prefieres a ella sobre mí?
Sus palabras resonaron con una mezcla de rabia y desaliento. Sus ojos estaban vidriosos, no solo por la bebida que había tomado para darse valor, sino por el peso insoportable de la duda que lo estaba asfixiando desde hacía semanas.
Travis lo miró fijamente, con esa severidad tranquila que siempre había sido su fuerza… y su debilidad.
—No, hijo —respondió con un suspiro agotado—. No es que yo la prefiera. Solo no quiero ver cómo destruyes tu vida pieza por pieza. Están esperando un hijo, Liam. ¿Qué vida crees que tendrá mi nieto si tú sigues por este camino?
El silencio que siguió fue casi cruel. Liam apretó los puños. Bajó la mirada, como