—¿Y eso a mí qué me importa? —dijo Amara, con un filo en la voz que cortaba el aire, como si cada palabra fuera un martillo golpeando el pecho de quien la escuchara.
Hannah la miró sorprendida, casi incrédula ante la frialdad y determinación que irradiaba. —Te necesita, Amara… al menos déjalo verte —insistió, intentando acercarse, tomando la mano de Amara con suavidad, buscando un contacto que pudiera apelar a algo humano, a la compasión que ella siempre había mostrado.
Pero Amara apartó su mano con firmeza, como si esa conexión le quemara la piel. —¡No me importa! —exclamó, sus ojos brillando con una mezcla de ira y desgana—. Incluso si vive o muere, eso ya no me importa. ¡Déjame en paz, Hannah, o juro que te demandaré a ti y a él por acoso!
Hannah quedó paralizada, incapaz de articular palabra, mientras veía cómo Amara se alejaba, sus pasos llenos de decisión, como si con cada paso fuera dejando atrás no solo a Ronald, sino también las mentiras, las manipulaciones y toda la toxicidad