Liam bajó del ferri con el paso acelerado, aun sintiendo el vaivén del mar en las piernas, cuando un sonido agudo perforó el aire. Primero fue un pitido lejano, luego una alarma estruendosa que retumbó en todos los altavoces del puerto. La gente alrededor se paralizó un segundo, y después el caos estalló como una ola que lo arrastraba todo.
Gritos. Pasos apresurados. Maletas cayendo. Niños llorando. Adultos empujándose. Todos corrían en la misma dirección: lejos.
Pero Liam no corrió lejos. Corrió hacia el peligro.
Porque solo tenía un pensamiento quemándole la mente, uno que le hacía temblar las manos:
Amara. Mi hija. Tengo que llegar hasta ellas.
Su corazón latía con fuerza, como si quisiera romperle el pecho. Miró el mar, y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo: el océano se estaba retirando de la orilla demasiado rápido, como si una fuerza invisible lo jalara hacia adentro. Un mal presagio. Una señal inequívoca.
La isla estaba en estado de alerta.
Él no podía perder tiempo. No p