Liam desvió el auto con un giro brusco, casi derrapando sobre el pavimento húmedo. El sonido de la sirena de alerta seguía retumbando en la isla, insistente, insistiendo en que corrieran, en que huyeran, en que buscaran un lugar seguro. Pero para él solo existía una cosa: llegar al hospital antes de que fuera demasiado tarde.
Amara no dejaba de retorcerse en el asiento del copiloto, respiraba entrecortado, gemía de dolor y a ratos hiperventilaba. Se tomaba el vientre con ambas manos, como si int