Liam desvió el auto con un giro brusco, casi derrapando sobre el pavimento húmedo. El sonido de la sirena de alerta seguía retumbando en la isla, insistente, insistiendo en que corrieran, en que huyeran, en que buscaran un lugar seguro. Pero para él solo existía una cosa: llegar al hospital antes de que fuera demasiado tarde.
Amara no dejaba de retorcerse en el asiento del copiloto, respiraba entrecortado, gemía de dolor y a ratos hiperventilaba. Se tomaba el vientre con ambas manos, como si intentara contener a su bebé dentro de ella solo un poco más.
—Todo va a estar bien —dijo Liam, tratando de sonar firme, aunque la voz le temblaba—. Por favor, amor, aguanta un poco más… ya casi llegamos.
Las luces del hospital, el más grande de la isla, aparecieron por fin al final de la carretera. Liam sintió una mezcla de alivio y terror. El estacionamiento estaba lleno de autos intentando evacuar; algunos querían entrar, otros salir.
Era un caos. Pero él no lo dudó ni un segundo: metió el auto