La noche se había vuelto fría cuando Amara y Liam salieron del evento. Las luces del gran salón quedaban atrás, y el murmullo de la élite se desvanecía entre risas y copas de cristal.
Afuera, el aire olía a lluvia y a perfume caro. Los flashes habían dejado de perseguirlos, pero la tensión seguía suspendida entre ambos.
Liam Mayer la tomó del brazo, con esa mezcla de autoridad y desesperación que solo un hombre herido podría sentir.
Sus ojos, oscuros como la noche, la miraban fijamente.
—Amara —dijo con voz baja, pero firme—, aún puedes arrepentirte. Si das un paso más hacia mí, no te dejaré escapar. Ni aunque supliques.
Amara lo observó en silencio. Por primera vez, no temía esa mirada.
“Desde hoy y para siempre debo vivir para compensar el dolor que le causé al único hombre que me amó de verdad”, pensó.
Entonces, sin decir palabra, se puso de puntillas y lo besó.
Fue un beso tembloroso al inicio, casi contenido, pero cargado de años de remordimiento, deseo y amor reprimido.
Liam no l