Leslie conducía su auto a toda velocidad. Las luces de la ciudad se mezclaban con las lágrimas que nublaban su vista, convirtiendo el camino en una estela borrosa de colores y recuerdos rotos.
El volante temblaba bajo sus manos, y su corazón latía tan fuerte que parecía querer escapar de su pecho.
—Lo siento, Donato… —susurró con voz entrecortada, mientras el aire frío se colaba por la ventana entreabierta—. Me duele tanto… pero no importa, ¿me oyes? No importa… incluso si no tenemos dinero, si