Cuando Sídney abrió los ojos, la luz que se filtraba por las cortinas de la habitación la cegó por un instante.
Todo a su alrededor olía a desinfectante y a ese aroma frío y metálico que solo los hospitales parecen tener.
Su respiración era irregular, y un dolor sordo en las sienes le recordaba que había estado inconsciente.
Al enfocar la vista, la primera figura que reconoció fue la de Connor, sentado junto a la cama. Él la miraba con esa mezcla de preocupación y alivio.
—¿Cómo te sientes? —pre