Liam sintió cómo su propio corazón golpeaba con tanta fuerza que parecía resonar dentro de sus oídos, ahogando todo sonido externo.
El pasillo del hospital estaba iluminado con luces demasiado blancas, demasiado frías, tan ajenas a la vida que acababa de perderse. Cada paso que daba era pesado, como si caminara cargando toneladas de culpa, miedo y una furia oscura que se le revolvía en el pecho.
Cuando llegó frente a la puerta de la habitación, se quedó quieto unos segundos. Inspiró hondo, intentando dominar la oleada de emociones que amenazaban con romperlo. Finalmente empujó la puerta.
La habitación era silenciosa, casi asfixiante. La luz tenue hacía que todo se viera más pálido, más triste. Y allí, en la cama, estaba ella. Leonora permanecía recostada, inmóvil, con la mirada perdida en un punto indefinido de la pared. Sus ojos estaban hinchados, enrojecidos, cargados de un dolor que parecía haberle drenado el alma.
Cuando lo vio, abrió los ojos con brusquedad, como si hubiera estado