Liam golpeó al hombre sin contenerse, una y otra vez, con una furia que no sabía de límites. Sus puños cayeron sobre él como si cada impacto fuera una pregunta, una negación, un intento desesperado de no aceptar lo que acababa de escuchar.
—¡Mientes! —rugió, con la voz rota—. ¡Mientes, maldito! ¡No puede ser ella! ¡Ella no fue…!
El hombre escupió sangre, temblando, pero aun así levantó la mirada derrotada.
—Fue ella… —jadeó—. Lo juro… ella me pagó…
Aquellas palabras perforaron a Liam de forma br