Liam golpeó al hombre sin contenerse, una y otra vez, con una furia que no sabía de límites. Sus puños cayeron sobre él como si cada impacto fuera una pregunta, una negación, un intento desesperado de no aceptar lo que acababa de escuchar.
—¡Mientes! —rugió, con la voz rota—. ¡Mientes, maldito! ¡No puede ser ella! ¡Ella no fue…!
El hombre escupió sangre, temblando, pero aun así levantó la mirada derrotada.
—Fue ella… —jadeó—. Lo juro… ella me pagó…
Aquellas palabras perforaron a Liam de forma brutal, como si algo se rompiera dentro de él, algo que ya venía resquebrajándose desde que recibió esa noticia que le había arrancado el aire del pecho.
Retrocedió dos pasos. El mundo pareció girar a su alrededor. Un dolor húmedo, espeso, le atravesó el estómago y el pecho al mismo tiempo. Era demasiado. Era la confirmación de su peor pesadilla.
—Acábenlo… —murmuró sin reconocer su propia voz.
No miró atrás. No quiso ver cómo los hombres obedecían su orden. Simplemente, caminó hacia la salida, co