Leonora llegó al centro comercial con los nervios revoloteándole en el estómago.
Trataba de mantener una expresión serena, como si su mente no estuviera, machacándole cada segundo con la misma preocupación: la prueba de ADN.
Caminó entre pasillos, tomó un par de blusas, un par de cajas de galletas y unos zapatos que no necesitaba, solo para distraerse.
Nada funcionaba. Su respiración se entrecortaba cada que recordaba a Liam hablándole con esa frialdad helada, con ese tono que hacía claro que no iba a dejarse manipular.
Cuando salió de la tienda y se dirigió a la cafetería del segundo piso, los vio.
Allí estaban Ronald y Hanna, como si la estuvieran esperando. Ronald sonreía con esa expresión que siempre la ponía en alerta, como si entendiera demasiado bien la debilidad humana… y disfrutara explotarla.
Leonora apretó la mandíbula y caminó hacia ellos, intentando no mostrar el temblor en sus manos.
—¿Qué quieren ahora? —soltó sin rodeos—. ¿Van a chantajearme otra vez?
Ronald dejó escapa