Andrew fue llevado a la sala de urgencias casi a rastras. La sangre aún manaba lentamente de la herida en su cabeza mientras el médico trabajaba con rapidez y precisión, cosiendo la piel abierta como si aquello fuera un trámite más. Andrew no reaccionó. No se quejó. No apretó los dientes. No sintió dolor.
No solo por la anestesia.
Si no porque una parte de él ya no estaba allí.
Su mente estaba lejos, atrapada en la imagen de Stelle asfixiándose bajo una almohada, en el grito ahogado que aún resonaba en su cabeza. Sus emociones estaban desordenadas, enloquecidas, chocando unas contra otras sin control. Culpa. Miedo. Amor. Rabia. Terror.
Cuando el doctor terminó, le ordenó recostarse. Querían observarlo, asegurarse de que no hubiera una contusión cerebral. Andrew asintió sin escuchar realmente. Apenas lo dejaron solo, se incorporó con dificultad, ignorando el mareo que le nubló la vista.
No podía quedarse quieto.
Tenía que verla.
Salió de la camilla y, apoyándose en las paredes del pasil