Pronto llegaron los abuelos. Glory, Sídney y Connor no podían ocultar la emoción que les provocaba ver a la pequeña Marea. Sus ojos brillaban de felicidad y sus manos temblaban de anticipación, como si tocar a la niña les diera una sensación de vida renovada. Era tan diminuta, tan perfecta… tan frágil que cualquiera podía imaginar que un soplo de viento podría romperla. Cada gesto, cada respiración de Marea, los hacía sonreír y soltar exclamaciones de ternura.
Cuando les dieron la buena noticia de que la pequeña sería dada de alta, de que había ganado peso y que su salud estaba estable, la emoción alcanzó un clímax que parecía derrumbar cualquier preocupación previa. Amara sintió cómo el corazón le palpitaba con fuerza en el pecho. Se volvió hacia Liam, quien estaba a su lado, y lo abrazó con todas sus fuerzas. Era un abrazo lleno de gratitud, alivio y un amor que se había renovado tras días de miedo y tensión. Las lágrimas se escaparon de sus ojos sin que pudiera detenerlas, y Liam la