Pronto llegaron los abuelos. Glory, Sídney y Connor no podían ocultar la emoción que les provocaba ver a la pequeña Marea. Sus ojos brillaban de felicidad y sus manos temblaban de anticipación, como si tocar a la niña les diera una sensación de vida renovada. Era tan diminuta, tan perfecta… tan frágil que cualquiera podía imaginar que un soplo de viento podría romperla. Cada gesto, cada respiración de Marea, los hacía sonreír y soltar exclamaciones de ternura.
Cuando les dieron la buena noticia