Él se acercó con cautela, como si cada paso pesara toneladas. El silencio entre ambos era espeso, cargado de recuerdos, reproches y heridas que aún no cerraban. La miró a los ojos, esos ojos cansados que habían llorado demasiado, y por un instante creyó ver en ellos todo lo que habían perdido.
—Pero… nos hicimos tanto daño —murmuró, con la voz quebrada, sin atreverse a tocarla.
Ella bajó la mirada. No respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque todas dolían. El pasado era una herida ab