Él se acercó con cautela, como si cada paso pesara toneladas. El silencio entre ambos era espeso, cargado de recuerdos, reproches y heridas que aún no cerraban. La miró a los ojos, esos ojos cansados que habían llorado demasiado, y por un instante creyó ver en ellos todo lo que habían perdido.
—Pero… nos hicimos tanto daño —murmuró, con la voz quebrada, sin atreverse a tocarla.
Ella bajó la mirada. No respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque todas dolían. El pasado era una herida abierta, y aunque la bebé dormía tranquila en la cuna cercana, como un pequeño milagro, el amor entre ellos seguía lleno de cicatrices.
La puerta se abrió suavemente y una enfermera apareció con una sonrisa profesional, rompiendo el momento. Revisó a la bebé, la acomodó con cuidado entre los brazos de su madre y les dio algunas indicaciones. Luego, con discreción, los dejó solos nuevamente.
Regresaron a la habitación. Liam la ayudó a recostarse con delicadeza, acomodando las sábanas, cuidando cada