Dos días después, Sídney llegó al hospital con el corazón latiéndole a mil por hora.
Cada paso que daba hacia la puerta del quirófano le parecía eterno, como si el tiempo se burlara de su ansiedad.
Su hijo, su pequeño Liam, estaba siendo sometido a un trasplante de médula ósea, y ella apenas podía contener el miedo que le oprimía el pecho.
La sala estaba silenciosa, pero para Sídney cada segundo retumbaba en su mente como un tambor incesante.
Finalmente, la puerta se abrió y apareció el doctor,