Cuando Liam llegó, la casa estaba envuelta en un silencio extraño, denso, casi palpable, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. No era un silencio pacífico, sino uno cargado de tensión, de cosas no dichas, de miedos acumulados.
Amara estaba sentada en la sala, recta, pero frágil, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretándolas con fuerza para evitar que temblaran.
Al escuchar la puerta, levantó la mirada de golpe.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero enseguida se ens