Cuando Liam llegó, la casa estaba envuelta en un silencio extraño, denso, casi palpable, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. No era un silencio pacífico, sino uno cargado de tensión, de cosas no dichas, de miedos acumulados.
Amara estaba sentada en la sala, recta, pero frágil, con las manos entrelazadas sobre su regazo, apretándolas con fuerza para evitar que temblaran.
Al escuchar la puerta, levantó la mirada de golpe.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero enseguida se ensombrecieron. Había en ellos miedo, duda, una herida abierta que aún sangraba. No dijo nada. No hizo falta. Su cuerpo hablaba por ella.
Liam se detuvo, apenas entró. Bastó una mirada para entender que algo no estaba bien.
—¿Me estabas esperando? —preguntó con suavidad, dejando las llaves sobre la mesa—. No debiste hacerlo… debiste descansar.
Amara se puso de pie con lentitud, como si cada movimiento le costara un esfuerzo enorme.
Caminó hasta él y, sin mirarlo directamente, levantó el teléfono y