Liam prácticamente arrojó a Amara al asiento del copiloto antes de rodear el carro y entrar con brusquedad.
Encendió el motor sin pronunciar una palabra. Sus manos temblaban sobre el volante, un temblor que no provenía del frío, sino de la rabia, del dolor, de la sensación insoportable de haber perdido el control de su vida.
Apenas había avanzado unos metros cuando su teléfono comenzó a sonar insistentemente. En la pantalla apareció el nombre de su padre: Travis.
—¿Qué pasa…? —gruñó antes de contestar.
—¡¿Dónde estás, Liam?! —la voz de su padre tronó al otro lado de la línea—. ¡Debiste quedarte con Leonora! Ella está destrozada, la pobre acaba de perder…
—Lo sé —interrumpió Liam con la voz quebrada—. Pero tengo algo que hacer. Lo hablaremos después, padre.
—¡Liam, no te atrevas a colgarme! ¡Liam!
Pero el hombre ya había cortado la llamada. Su respiración era irregular, como si cada inhalación quemara.
Apretó el teléfono un momento antes de soltarlo con frustración. De reojo, observó a