Al día siguiente, Liam llegó temprano a la oficina. La noche anterior había dormido muy poco; la terapia lo había dejado pensativo y, aunque no lo admitiera, la distancia emocional con Amara empezaba a pesarse en su pecho. Apenas cruzó la recepción, uno de los supervisores se acercó.
—Señor Liam, permítame presentarle a su nueva asistente. Estará supliendo a la señorita María.
Liam levantó la mirada, sorprendido.
—¿Qué pasó con María?
—Tuvo una caída fuerte, señor. Se fracturó la pierna. Estará en incapacidad por tres meses.
Liam soltó un suspiro cansado. No porque extrañara particularmente a María, sino porque todo parecía desordenarse últimamente. La vida, su matrimonio, sus emociones… y ahora también su rutina laboral. Aun así, observó a la joven que estaba frente a él.
La nueva asistente —Ivet— parecía tener unos veinticinco años, mirada vivaz, manos delicadas y una presentación impecable. Sin embargo, para él no significaba nada más que una pieza necesaria en el funcionamiento dia