Amara y Liam regresaron a casa en silencio, como si el aire entre ellos pesara más de lo habitual. Él cerró la puerta con suavidad, pero la tensión en su cuerpo lo delataba. Cuando por fin se giró hacia ella, Amara supo que llevaba algo atorado en el pecho.
—Amara… —murmuró él—. Te pido que, por ahora, no le digas a nadie sobre el embarazo.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría. Ella entreabrió los labios, sintiendo que algo se rasgaba dentro.
—¿Acaso no quieres ser padre, Liam?
—No es eso —respondió de inmediato—. Solo… dame tiempo. Todo es demasiado reciente. Necesito ordenar mis ideas.
Ella asintió, aunque la punzada de tristeza se instaló en su interior. No era rechazo, pero tampoco era la reacción que había imaginado. Con el corazón encogido, buscó entre sus cosas y sacó una tarjeta ligeramente desgastada.
—Quiero que veamos a esta terapeuta —dijo, tendiéndosela—. Me dijeron que es muy buena. ¿Podemos intentarlo?
Liam tomó la tarjeta entre sus dedos. No dijo nada en un p