Orlando condujo en silencio durante todo el camino, con la mirada fija en la carretera y los dedos, apretando con fuerza el volante, como si cada semáforo fuera una excusa para mirarla de reojo.
Sídney, sentada a su lado, observaba el paisaje nocturno pasar por la ventana: luces, sombras, y su propio reflejo mezclado con los recuerdos que intentaba olvidar.
Cuando llegaron, Orlando detuvo el auto frente a la casa. El motor se apagó, y el silencio se volvió más incómodo que cualquier palabra que