Travis permaneció junto a la camita hasta que por fin el pequeño cerró los ojos, sumido en un sueño profundo y tranquilo.
Su respiración, suave y regular, parecía llenar la habitación de una paz que él no sentía en años.
Finalmente, dejó los regalos cuidadosamente sobre una mesa, respiró hondo y salió con Sídney, caminando por el largo pasillo de la mansión con un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
El aire fresco de la noche los recibió en el balcón principal.
La brisa movía ligeramente su cabello y arrullaba las luces del jardín, haciendo que el lago reflejara los destellos de la luna como si fueran pequeñas llamas suspendidas en el agua.
Travis miró todo aquello, pero su atención estaba únicamente en ella.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó, con un hilo de voz que buscaba atravesar la distancia que se había instalado entre ellos.
Sídney vaciló. La duda se dibujaba en su rostro, y por un instante, Travis temió que se diera la vuelta y desapareciera como la última vez.