Amara decidió marcharse del lugar, pero no dio un solo paso sin que sus padres, Connor y Glory, la siguieran con inquietud.
La boda, que minutos antes había sido un escenario de glamour y felicidad ajena, ahora se sentía como un laberinto asfixiante del que Amara solo deseaba escapar.
Sus padres la llevaron hasta la mansión Mayer, donde se estaban quedando.
Sus tacones resonaban con prisa sobre el mármol, como si cada sonido marcara la cuenta regresiva de una vida que estaba a punto de desmoron