Amara decidió marcharse del lugar, pero no dio un solo paso sin que sus padres, Connor y Glory, la siguieran con inquietud.
La boda, que minutos antes había sido un escenario de glamour y felicidad ajena, ahora se sentía como un laberinto asfixiante del que Amara solo deseaba escapar.
Sus padres la llevaron hasta la mansión Mayer, donde se estaban quedando.
Sus tacones resonaban con prisa sobre el mármol, como si cada sonido marcara la cuenta regresiva de una vida que estaba a punto de desmoronarse por completo.
Fue Connor quien notó la escena que detonó todo.
—¿Por qué tu esposo salió corriendo con una mujer herida en brazos? —la voz de Connor vibró entre el enojo y la confusión—. ¿Qué es lo que está pasando, Amara?
Ella se detuvo. Cerró los ojos un segundo, intentando contener el temblor de sus manos. Respiró hondo.
Cuando los volvió a abrir, sus ojos estaban empapados en tristeza, no en miedo.
—Papá… mamá… —tragó saliva— voy a divorciarme de Liam.
Las palabras cayeron sobre sus pad