Beatriz lanzó un grito desgarrador justo en el instante en que alguien le arrebató la pistola de las manos. El disparo salió disparado hacia el cielo, rebotando en la inmensidad como un estruendo que hizo enmudecer a todos los invitados. Por un segundo, reinó el caos: murmullos, gritos ahogados, manos cubriéndose el rostro… y en medio de todo, Beatriz, con los ojos desorbitados y el cabello revuelto, respirando como si hubiese corrido un maratón.
—¡Estás loca! —rugió Andrew, todavía con el pulso acelerado. El enojo le crispaba el rostro, pero en el fondo de sus ojos había algo más: un destello de culpa, de miedo… de algo que prefería no reconocer.
Les hizo una señal a los guardias y estos no dudaron un segundo. Dos hombres corpulentos la sujetaron por los brazos mientras la mujer forcejeaba y gritaba incoherencias entre sollozos. La subieron al coche de seguridad sin contemplaciones, cerrando la puerta como si sellaran un capítulo de tragedia.
Andrew se giró hacia los invitados, que pe