Amara salió del salón con paso firme, aunque por dentro se estaba desmoronando. La noche, que había empezado llena de expectativas y nervios, se había convertido en una tormenta de emociones que apenas podía procesar.
Aun así, trató de convencerse de que, pese a los altibajos, no había sido un desastre total. Había logrado mantener la compostura, había dado la cara… y ahora solo deseaba llegar a casa, quitarse los tacones y respirar en paz.
Sin embargo, apenas puso un pie en el pequeño descanso de la escalera que conectaba el salón principal con la salida, se encontró justo con la última persona que quería ver: Leonora.
La mujer estaba allí, como si hubiese estado esperándola. Sus brazos cruzados, el ceño levemente fruncido, y esa sonrisa falsa que siempre usaba cuando estaba a punto de lanzar veneno.
—No creas que por esto ya te ganaste el perdón de los Mayer —dijo con voz baja, calculada.
Amara sintió una punzada de rabia mezclada con cansancio.
¿Es que esa mujer no podía vivir sin m